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Kafka, un ermitaño brillante

Escrito por:Tomado de Internet

Desde 1922, Franz Kafka pasó sus últimos años conferido a la literatura y a la constante visita de los sanatorios, y como relata el escritor Ángel Flores, quien conoció a dos de los grandes amigos del autor checo: Max Brod y Robert Klopstock, ya desde abril de 1924 la tuberculosis, detectada en la laringe, había robado la voz del autor de ‘La Metamorfosis’, y tenía que comunicarse con lápiz y papel.

El crítico, editor, traductor y profesor universitario puertorriqueño recupera en un breve espacio los últimos momentos de la vida de Kafka, cuando corregía las pruebas de imprenta de su última novela ‘El Artista del Hambre’ y sonreía a Dora Dymant, su última prometida. Dice Flores que Dora “se lanzó al hoyo donde quería quedarse con Franz para siempre”, y que Hermann Kafka, aquél protagonista de la famosa ‘Carta al Padre’, de 1919, “puso un anuncio en la prensa declarando que no recibiría visitas de condolencia; que el único obituario para el escritor apareció en Praga en el periódico Narodni Listy, tres días después firmado por Milena Jesenská, una de sus apasionadas amantes, aunque en gran parte a distancia.

La carta de la enfermedad

A ella, con quien tuvo una incansable correspondencia entre 1920 y 1922, dado que Milena le propuso traducir sus textos del alemán al checo, le describió cierto día de 1920, lo que fue su primera crisis de tuberculosis, aquella enfermedad que, según John Banville, “lo habría de liberar a fin de cuentas de las exigencias de la vida, de sí mismo e incluso de la literatura”, lo cual se afirma en dicha carta escrita a su amante, quien también convalecía de una enfermedad pulmonar por aquél tiempo: “[…] La verdadera afección pulmonar, que conozco desde hace tres años, me ha traído más bien que mal.

Lo mío comenzó hace unos tres años en plena noche, con un vómito de sangre. Me levanté, estimulado, como siempre que nos ocurre algo nuevo (en lugar de permanecer tendido como me indicaron más tarde los médicos), y por supuesto también un poco alarmado, me dirigí a la ventana, me asomé, me encaminé al lavabo, anduve por la habitación, me senté en la cama… Sangre y más sangre. Sin embargo, no me sentía desdichado; porque, poco a poco, por una razón muy precisa, supe que dormiría por primera vez después de tres, casi cuatro años de insomnio, siempre que la hemorragia se detuviera. Y se detuvo (además, desde entonces no se ha vuelto a presentar) y dormí el resto de la noche” (según la carta de Franz Kafka).

La carta continúa en ese tono comprensivo a la mujer que, en ese tiempo, le cautivaba como ninguna otra, a la que escribía angustiado de no recibir una respuesta pronta o alguna palabra que le hiciera saber de ella. De pronto, el checo decide centrar la carta en ese problema que se gestó en su espíritu atormentado en aquel verano de 1917 con su hemorragia pulmonar:

“[…] Pensaré sólo en la explicación que encontré en aquel entonces para mi caso y que puede ser apropiada para muchos casos. Ocurrió que el cerebro no pudo soportar más las preocupaciones y dolores que le habían sido impuestos. Entonces dijo: “Me doy por vencido, pero si alguien sigue interesado en mantener la unidad, que me alivie y recoja parte de mi carga; así tiraremos un poco más.” Entonces se presentó el pulmón. Sin duda, tenía poco que perder. Estas tratativas entre cerebro y “pulmón, que se cumplieron sin mi conocimiento, pueden haber sido terribles”, (según la carta de Franz Kafka).

La propia Milena Jesenská, en su obituario realizado hace 91 años, describió a Franz Kafka como “un ermitaño, un hombre clarividente asustado por la vida”, que “veía al mundo lleno de demonios que asaltan y destruyen al hombre indefenso”. Como dijo el crítico Harold Bloom, Kafka, cuyo nombre en checo significa “corneja”, un ave emparentada con el cuervo, “no está vivo sino muerto, pero flota para siempre, como alguien vivo, en la barca de la muerte”.

http://amqueretaro.com/cultura/2015/07/06/kafka-un-ermitano-brillante

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