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Inmigrante argentina doblemente engañada, por el ICE y su pareja

Escrito por: Tomado de Internet

Revela el juego psicológico para castigar a los inmigrantes al transferirlos de estado a estado

uando Ester Muñoz se puso de pie el 1 de enero, llena de planes frente al nuevo año, jamás imaginó que, en menos de seis horas, iba ser arrestada por la Patrulla Fronteriza, y que todo por lo que había trabajado durante seis años en Estados Unidos, se iba ir por la borda.

“Nos habíamos desvelado y nos levantamos a las 12 del mediodía. Le dije a mi compañero, que había venido de Argentina a visitarme, que saliéramos a comer a algún lado. Pusimos una dirección hacia Bellingham (una ciudad costera en el estado de Washington) y decidimos andar una hora. Si no vemos un restaurante, nos volvemos”, recuerda Ester que le dijo a su compañero.

Nunca pararon en ningún restaurante, lo que sí hallaron fue una caseta de inmigración, donde la detuvieron por estar en el país con una visa de turista expirada desde seis años antes.

Ester nació en Argentina hace 53 años. En diciembre de 2020, vino de vacaciones a Seattle, Washington.

“Al estar aquí, mis amigas me ofrecieron trabajo. ¡Venite! ¡si! Y como había escuchado que Washington era un estado santuario que protegía a los inmigrantes, dije ‘me quedo’”.

Pronto se acomodó en tres empleos en Seattle: trabajaba en la limpieza de una escuela para adultos; en un restaurante; y empezaba a irle muy bien en su pequeño negocio de empanadas y comida argentina.

En el plano sentimental, mantenía una relación a distancia con un hombre de 68 años que solía viajar de Buenos Aires a Seattle una vez al año, y se quedaba con ella unos cuatro meses.

A petición de Ester, el nombre de su ahora excompañero sentimental, fue omitido de esta historia.

Esa mañana del 1 de enero que lo cambió todo, recuerda que mientras su compañero manejaba, le decía, ‘mira hay un lugar para comer’ ‘mira, allá hay otro, para’, pero él parecía que no la escuchaba, y seguía conduciendo sin rumbo fijo.

“Paro en un lugar a pedir chocolate caliente para él; y aproveché para decirle que el camino por dónde íbamos no estaba bien, que el GPS me indicaba otra ruta”, dice.

Sin embargo, el hombre se mantenía firme, le aseguraba que él sabía el camino.

“Todo estaba muy oscuro; había mucha arboleda; y como a la hora 20 minutos de seguir en la carretera, le dije llena de pánico que estábamos en la frontera y que no podíamos andar por ahí’.

‘Me quedé petrificada’

Pero ya era demasiado tarde, su compañero había cruzado la línea fronteriza y se había metido a Canadá; al tratar de regresar se toparon con una caseta de migración de Estados Unidos, donde los hicieron descender del auto y pasar a una oficina.

“Yo me quedé petrificada. Mi compañero no tuvo ningún problema, mostró su visa de turista, y su boleto de avión de regreso a Buenos Aires para marzo. Lo dejaron ir rápido. Yo lo único que tenía para mostrar a los oficiales era un carnet de conducir de Washington”.

A ella le tomaron las huellas digitales y la sometieron a una declaración bajo juramento.

“Lamentablemente vas a quedar detenida, porque no tienen una ‘green card’, un permiso para trabajar y tu visa de turista está expirada’”, le dijo el agente de migración.

Ester terminó el primer día del año 2026 encerrada en un cubículo con un asiento de cemento como cama, una colchoneta y una manta.

“Yo sabía que me podían detener y deportar, pero desconocía el proceso y lo que estaba a punto de vivir”.

Recuerda que esa primera noche en detención, se sintió aturdida.

“No era yo la que estaba ahí; estaba mi cuerpo, pero no mi mente”.

La cárcel de Tacoma

Cuando apenas había dormido unas dos horas, dos personas llegaron por ella, la esposaron de la cintura a las manos y la subieron a un vehículo para trasladarla al Northwest Detention Center de la ciudad de Tacoma, una cárcel para inmigrantes del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), operada por el grupo privado GEO.

“Cuando me fueron a buscar para llevarme a Tacoma, empecé a llorar; hasta ahora no puedo hablar, las lágrimas se me atragantan, uno va llena de angustia a lo desconocido”.

Ester dice que en la detención se encontró con unas 200 mujeres inmigrantes, y lo que más le impactó fue la solidaridad entre ellas.

“Todas las señoras te ayudan, te abrazan, te dan ánimo”.

Narra que se encontró con mujeres que llevaban hasta 20 meses detenidas, y los casos más complicados eran los de aquellas de países como Rusia y Cuba, que debían buscar un segundo país que las aceptara.

Pasaron siete días antes de que pudiera comunicarse con su pareja porque su número de teléfono era de Argentina.

“Me ayudó la hija de una señora detenida, que llamó a mi compañero y le explicó que debía comprar un chip de Washington a su teléfono”.

Finalmente, cuando habló con el hombre, le pidió que contratara un abogado a quien le pagaron $5,000; y tras no obtener resultados buscaron a otro, pero ya era demasiado tarde.

El 31 de enero, le informaron que la deportarían a Argentina, y entonces las cosas se complicaron porque su pareja, se negaba a llevar su pasaporte al Centro de Detención de Tacoma.

“Me contestaba mal, me decía que no quería entregar el pasaporte; y me daba excusas de que lo tenía el abogado; tuvieron que intervenir mis amigas, hicieron un grupo para presionarlo. Lo obligaron a ir al centro de detención a llevar el documento”.

De avión en avión

Ester narra que, durante una semana, los agentes de migración la trajeron volando por todo el país y la subieron a cinco aviones.

“El 31 de enero nos subieron a varias mujeres a un avión, pero en lugar de ir a Argentina, nos llevaron a El Paso, Texas donde pasamos la noche en el piso en salones hechos con lona. Antes de que dieran las 24 horas nos subieron a otro avión”.

Después en otra aeronave, la trasladaron a Arlington, Texas donde – dice – las encerraron en condiciones de hacinamiento en cubículos pequeños.

“Ahí estaba muy sucio, y me desesperé. Lloré mucho. Pensaba que nos iban a dejar dos o tres años en ese lugar. Nos dieron un sándwich húmedo y una manzana o una mandarina. A algunos les tocó un sándwich en mal estado”.

Dice que el apetito se le esfumó, sentía un nudo en el estómago, y estaba verdaderamente asustada.

Cuando las sacaron de ese lugar para montarlas a un tercer avión, sintió un alivio.

“La mayoría de las mujeres que íbamos a bordo eran de Colombia, Perú y Brasil, yo era la única de Argentina”.

El tercer avión aterrizó en Fresno.

“Nos llevaron a un lugar con cubículos con asientos de cemento; al menos nos dieron frazadas; nos repartieron un sandwich, fruta y botellas de agua. Ahí los guardias eran latinos, fueron muy amables, y nos dejaron hablar por teléfono. Me sentí más tranquila, y me quedé dormida, pensando que ahora si ya me mandaban a Argentina”.

Al día siguiente, tras varias horas de vuelo en un cuarto avión, mientras descendían, abrió los ojos y no podía creer lo que veía a través de la ventanilla.

“Vi la Montaña Rainier, y dije, estoy de vuelta en Seattle. Pensé que el abogado había logrado que me trajeran de regreso, y sentí cierto alivio”.

De regreso a Tacoma

En total, dice que pasó seis días volando, de Seattle a Texas, de Texas a Arizona, de Arizona a California, y de California a Seattle.

De regreso a Seattle, se sintió al menos más cerca de lo que había sido su hogar por seis años.

Ester regresó al Centro de Detención de Tacoma, donde dice, fue el lugar que mejor la trataron.

“Yo ronco mucho, y pedí un spray para no roncar tanto, y me lo dieron. Me hicieron una revisión médica completa, y como pensaron que pudiera tener tuberculosis, me pusieron durante 24 horas en un cuarto presurizado hasta descartar que no estuviera enferma”.

Dice que además le dieron una tableta para comunicarse con su pareja, y tenían un microondas para cocinar y calentar agua para café.

“Eso sí, siempre pedía todo, lo más amablemente posible, todo por favor. Lo que menos quería era problemas”.

Pero notó que había mucho racismo por parte de los guardias contra sus compañeras de piel morena.

“Hay mucha diferencia en el trato por el color de piel. A las mexicanas y colombianas morenas las maltrataban muy duro. A mí me ayudó que tengo el pelo castaño claro, los ojos verdes; aunque no veo con un ojo que parece de vidrio; y como tengo artrosis en las rodillas, solo me esposaban las manos, y me ayudaban a subir las escalinatas de los aviones”.

Pero más de un mes de encierro comenzaron a pasarle la factura emocional.

“Cuando me trajeron de regreso, en el Centro de Detención de Tacoma, me dieron dos ataques de pánico. Sentada en la litera, empecé a mecerme, a llorar, a sentir claustrofobia. Tengo que reconocer que una empleada se acercó a darme agua, y me tomó de las manos, tratando de tranquilizarme”.

Con destino a Argentina

Fue el miércoles 18 de febrero cuando le dijeron que el viernes 20 de febrero saldría rumbo a Argentina en un vuelo de una línea aérea comercial.

Y así fue, dos agentes del ICE la llevaron al aeropuerto, la subieron en un vuelo de Seattle a Houston; y de ahí la montaron a otro avión que iba de Houston a Buenos Aires.

“Al dejarme a cargo del personal del avión, me dijeron que ya estaba libre”.

Ester dice que en Seattle dejó su departamento amueblado, dos autos y una motocicleta. Alcanzó a darle una carta poder a su compañero, para que entregará al casero su departamento de alquiler y vendiera sus pertenencias”.

Pero al regresar el compañero a Buenos Aires, le pegó una paliza, cuando ella le reclamó por qué solo le entregaba $92 de los $20,000 que ella guardaba en el banco y de las pertenencias vendidas.

“Cuando le pedí la plata, me golpeó, me tiró al piso de rodillas, me pegó en la cabeza, tuve que ir al hospital, contacté a un grupo de ONG por violencia doméstica y me van a ayudar a hacer una demanda por el maltrato”, dice.

Desolada y triste

Hoy Ester está más segura que nunca que el hombre la entregó a Migración, y que cruzó a propósito a Canadá, a sabiendas de que su visa de turista, estaba expirada.

‘Yo le decía que parara y que parara, cuando íbamos rumbo a la frontera canadiense, y él no me escuchaba, no quería escucharme. Hasta le pregunté si le pasaba algo”.

En entrevista desde Buenos Aires, Ester no oculta que se siente muy triste, desolada y desmoralizada, pues no tiene a nadie en Argentina, ni hermanos, ni hijos y sus padres ya murieron.

“No sé por qué mi compañero me entregó a Migración. No me cabe duda que su intención era dejarme adentro en las prisiones del ICE y quedarse con mi dinero con la carta poder que le di. Tal vez sintió envidia de que me estaba yendo tan bien en Estados Unidos, con dos camionetas, una moto y una casa armada”.

Y concluye diciendo que lo que pasó en el ICE con todo y los ataques de pánico que sufrió, no es nada comparado con la decepción de que su pareja por 20 años la entregara a migración.

“Nunca lo pensé”, dice.

Juego psicológico

El abogado en migración Alex Gálvez dice que es muy preocupante lo que le pasó a Ester.

“Este tipo de transferencias por tantos días es innecesario, es un desperdicio de los fondos de los recursos del gobierno. Para deportar a alguien, máximo se necesitan dos vuelos; un día o dos”.

Dice que le parece que en este caso estaban jugando psicológicamente con la inmigrante argentina.

“Cuando la gente sepa de esta historia, dirá si tengo que sufrir todo eso para una deportación voluntaria, mejor me autodeporto”.

Sin embargo, estos viajes a salto de mata por todo el país, de un centro a otro, y de un estado a otro, no es exclusivo de Ester, lo han vivido muchos otros inmigrantes arrestados por el ICE.

Está el caso reciente de Badar Khan Suri, de la India, un profesor y estudiante con visa en la Universidad de Georgetown, arrestado por agentes federales en Arlington, Virginia en marzo, a quien sometieron a un periplo de una semana que abarcó varios estados y que culminó en una cárcel rural a más de mil millas de distancia.  Su caso motivó una demanda.

En su página web, dice que estas transferencias no son punitivas.

Los abogados se han quejado de que estas continuas transferencias limitan la capacidad de ellos para defender a los inmigrantes, y el contacto de estos con sus familias.

https://laopinion.com/2026/04/09/inmigrante-argentina-doblemente-enganada-por-el-ice-y-su-companero/


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