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Crónicas de La Chivatera reviven la vida de los leñeros y sus burros en Cananea
Escrito por: Martha Chávez
Cananea, Sonora, a 04 de enero de 2026.- El barrio de La Chivatera resguarda memorias que definieron la esencia cotidiana de Cananea, recordó el reconocido locutor, Isauro Jerez Rochin, mediante las memorias de Jesús Ramírez Galván, sobre la época de los leñeros y sus burros.
Entonces, el oficio era casi un ritual; personajes como Don Lolo Tadeo guiaban hasta doce animales hacia el puerto para regresar cargados de combustible natural.
El paso de estas caravanas era un evento social donde los niños, a escondidas o con permiso materno, intercambiaban frutas de temporada con los trabajadores, creando lazos de generosidad en un pueblo forjado enteramente en el esfuerzo diario.
El regreso de los leñeros se anunciaba con el eco de los encerros bajando del puerto tras jornadas extenuantes.
Los arrieros avanzaban por veredas que hoy son parte de la geografía sentimental del barrio, tras las casas de Don Goyo y Don Casimiro, rumbo a la vía del tren hacia Puertecitos.
La crónica revive a figuras como Don Mauro López, quien casi ciego seguía la cola de su burro “Manco” mientras cantaba melodías; o Lupe Cocoba, cuya hacha al hombro imponía respeto natural.
También destaca “El Teco” Leyva, cuya potente voz entonando “Los Laureles” al estilo de Miguel Aceves Mejía se fundía con el viento de la montaña con cuya narrativa se describe la vivencia familiar sobre la estrecha relación con estos animales.
El padre de Jesús adquirió un burro para sus hijos que, aunque destinado al trabajo, se volvió protagonista de bromas inolvidables. Se decía que el animal era tan largo que en las curvas cerradas debía “suicharse” como si fuera un tráiler.
Un momento icónico ocurrió cuando, al bajar una acequia empinada, Jesús y su padre cayeron de bruces sobre la arena; el burro, con destreza casi humana, pasó con cuidado sobre ellos y se detuvo más adelante, con las orejas erguidas, como si cuestionara con extrañeza el tropiezo de sus dueños.
Finalmente, el destino del animal terminó en misterio, desapareciendo entre teorías de robos circenses o ventas inesperadas.
Sin embargo, el recuerdo permanece como parte de una Cananea construida entre el golpe del hacha y el andar pausado de los arrieros.
Estas crónicas de La Chivatera son vitales para la identidad del mineral; la historia no solo está en libros, sino en las veredas y personajes sencillos que dieron vida a la ciudad.
Al rescatar estas escenas, se mantiene viva la nobleza que caracteriza al pueblo cananense, invitando a las nuevas generaciones a no olvidar las raíces de su propia tierra.





